Mujeres, representación y democracia
¿Qué significa realmente que las mujeres estemos participando en política?
Los estereotipos de género tienen raíces históricas profundas. A lo largo de la historia, las mujeres han enfrentado obstáculos para ser reconocidas como sujetas de derechos, como ciudadanas y como participantes en la vida pública.
El mundo tiene una deuda histórica con las mujeres, parece que alcanzar el derecho al voto no fue suficiente para poder disponer de una ciudadanía plena, a las mujeres nos faltaba algo más: “la representación política” y “reconocerse formalmente como ciudadanas”.
Analizando las cuatro olas del feminismo nos permiten comprender cómo las mujeres han cuestionado las estructuras sociales, políticas y culturales que históricamente limitaron su participación. Desde las primeras reivindicaciones de igualdad hasta los movimientos contemporáneos, la lucha feminista ha ampliado el significado de la ciudadanía y de la democracia.
Con esto me surgen las siguientes preguntas:
¿Puede considerarse plenamente democrática una democracia representativa cuando existen desigualdades estructurales que limitan la participación y representación política de las mujeres? ¿La democracia es para todos y todas?
¿Reflejan y responden los partidos políticos a las inquietudes de las mujeres? Debemos recordar que las democracias pueden producir mayorías que, en la realidad y en nombre del proceso democrático, pueden imponer restricciones sobre los derechos de las mujeres. Esto puede pasar cuando no hay suficiente diversidad ni voz para las mujeres en la política.
La verdadera democracia es más que sólo participación; son mecanismos de equilibrios de poder e instituciones responsables que permitan a las mujeres buscar reparaciones cuando sus derechos son abusados y sus necesidades son ignoradas.
Las instituciones democráticas tienen que rendir cuentas a las mujeres y asumir la responsabilidad de cumplir con los compromisos contraídos con los derechos de las mujeres.
Si una democracia descuida la participación de las mujeres, si ignora sus voces, si evita la responsabilidad ante los derechos de las mujeres, es una democracia sólo para la mitad de la población.
El concepto de techo de cristal permite identificar algunas de las barreras que dificultan el acceso de las mujeres a posiciones de mayor responsabilidad y poder. Los estereotipos de género, las prácticas discriminatorias y las estructuras históricamente dominadas por hombres pueden limitar no solo el acceso a determinados espacios, sino también las condiciones en las que las mujeres ejercen sus funciones.
En México persisten estereotipos en torno a la mujer, fomentados en una cultura machista, que se desprende de generaciones y trasciende del inconsciente de hombres y mujeres, permeado en estereotipos culturales, políticos, creencias, etcétera. Lo que dificulta el acceso de la mujer a determinados puestos de poder.
Hoy en día, el discurso político se ha manifestado abiertamente en favor del empoderamiento de la mujer, por lo que se promueven y alientan nuevas y mayores oportunidades para la participación de las mujeres en la vida social, económica y de gestión en México.
Nancy Fraser (1990), señala que la existencia formal de un espacio abierto a la participación no garantiza que todas las personas puedan intervenir en él en condiciones de igualdad, particularmente en sociedades atravesadas por relaciones de subordinación social, económica y cultural.
La voz de las mujeres comienza a ocupar nuevos espacios. Las redes sociales, los movimientos colectivos, las denuncias públicas y las nuevas formas de organización han permitido experiencias que anteriormente permanecían en lo privado puedan convertirse en temas de discusión pública.
Las mujeres no solo participan en la política, sino que están contribuyendo a redefinir el significado de la democracia en el siglo XXI.
Y, a lo largo del siglo XXI, la representación y participación de las mujeres en un sistema político-electoral ha marcado una de las transformaciones más significativas en la historia del poder mundial.
La política actual de nuestro país dice que es tiempo de mujeres pero yo me preguntaría algo más importante ¿Qué nos falta? ¿En realidad se ha dado respuesta ante las necesidades femeninas?
La búsqueda de una ciudadanía plena es también planificar un futuro que funcione para todos en nuestra sociedad. Y es necesario que haya mujeres y hombres en la mesa, encargados de impulsar el diálogo y un gabinete paritario.
No basta con que haya mujeres sentadas en la mesa si las estructuras que sostienen las desigualdades permanecen intactas.
Y un gabinete paritario no significa que sea tiempo de mujeres. Significa el desarrollo de un verdadero Estado que se preocupa porque existan políticas públicas donde todos se puedan mover con mayor libertad de derechos.
Por ello, es urgente que sigamos luchando por la equidad, la libertad de expresión y por ganar espacios de poder donde todos podamos elegir conforme a nuestras necesidades.
La democratización incorpora sujetos y enriquece el contenido civil, político y social de la ciudadanía. Es por ello que la representación de las mujeres en la vida pública ha sido un paso para fortalecer su ciudadanía como tal a lo largo de la historia.
Y sin ese paso, no estaríamos buscando la libertad con la que la mujer siempre ha soñado.
Hablar de igualdad no significa únicamente afirmar que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos en la ley. Significa preguntarnos si, en la realidad, contamos con las mismas posibilidades para ejercerlos.
Y aunque hoy en día las mujeres tengan formalmente esos derechos, ¿Pueden realmente acceder al poder, ejercer cargos, participar en la toma de decisiones y hacerlo sin obstáculos discriminatorios o violencia?
Las mujeres han demostrado históricamente que son ciudadanas incluso antes de que las instituciones reconocieran plenamente sus derechos.
Al protestar, al organizarse, al alzar la voz y al exigir participar, las mujeres estaban y están ejerciendo ciudadanía.
La ciudadanía, entonces, no puede ser entendida únicamente como una condición otorgada por el Estado. También puede entenderse como una práctica: la capacidad de participar, de exigir, de cuestionar y de intervenir en aquello que determina nuestra propia vida.
Porque no basta con ocupar un lugar. La verdadera transformación comienza cuando ese espacio también puede cambiar.
Y eso, también, es democracia.

